sábado, 13 de marzo de 2021

Roy Haynes, 96


Cumple 96 Roy Haynes, ese milagro viviente. Creo que la primera vez que lo escuché fue en un disco a su nombre, una versión de "Invitation" junto a Joe Henderson, Staney Cowell, y Dave Jackson. Hacía poco que había empezado a escuchar jazz y grababa todo lo que podía de la radio. Lo vuelvo a escuchar hoy y me sigue pareciendo una versión extraordinaria.


Poco después, gracias a Pablo Bonetto, conocí "Times Square" de Gary Burton (gran foto de contratapa) y quedé loco. Todo lo que toca Haynes ahí es extraordinario, y en particular lo que hace en "Radio" (composición de Steve Swallow) es de otro mundo. 


Haynes y Burton (y Swallow) ya habían colaborado en los años '60s, cuando Burton formó su cuarteto junto a ellos y Larry Coryell. Esta versión de "Liturgy", de Michael Gibbs, es brillante, tan moderna como lo que más.




Buceando hacia atrás encontré otras joyas que no tardaron en transformarse en algunos de mis discos favoritos: "A Night at the Vanguard" de Kenny Burrell, "Blues and the Abstract Truth" y "Straight Ahead" de Oliver Nelson, "Outward Bound" y "Far Cry" de Eric Dolphy, "Smokestack" de Andrew Hill, "Destination Out!" de Jackie McLean, "Newport '63" de John Coltrane, "Now He Sings, Now He Sobs", de Chick Corea. La lista es interminable y seguro que me olvido de algunos.
Alguna vez leí algo así como "los buenos músicos hacen que las bandas suenen bien, pero un buen baterista hace que suene increíble". El gran Roy es la prueba viviente de que esto es así.

jueves, 11 de marzo de 2021

Astor Piazzolla, un Artista Universal

En el centenario del nacimiento de Astor Piazzolla les dejo una nota que escribí para "Cuadernos de Jazz" y salió publicada en el número 70, de mayo/junio de 2002.
Sigo pensando parecido, aunque todo se puede charlar.



Cuando sus detractores intentaban descalificarlo alegando que lo que hacía “no era tango”, él, lejos de adoptar una postura defensiva, argumentaba que lo suyo efectivamente no era tango sino “música de Buenos Aires”. Es que Piazzolla, como nadie más, supo transmitir en su música el carácter esencialmente cosmopolita de la cultura argentina.
Nacido en Mar del Plata, criado en Nueva York y formado de acuerdo a la tradición europea, logró generar una expresión musical absolutamente única, capaz de contener toda una serie de influencias aparentemente incompatibles en las que el tango, en todo caso, aparece como el vehículo necesario para amalgamarlas.
Su infancia neoyorquina no es de ninguna manera un dato menor. Lejos de la tierra natal pero sumergido en el “melting pot” americano, el pequeño Astor conoce el tango por los discos de su padre, queda fascinado con Bach y los románticos, a los que llega a través de su maestro el concertista húngaro Bèla Wilda, y en las calles descubre el jazz y otras formas de la música popular. Así, a muy temprana edad, Piazzolla usa el bandoneón para interpretar todo tipo de música. Tango, sí, pero también obras de Bach, de Gershwin y piezas populares.
A su regreso a la Argentina, Piazzolla comienza a trabajar como bandoneonista y arreglador con distintas orquestas de tango, pero jamás abandona su interés por todo aquello que implique producción de sonido. Con su amigo el gran bandoneonista Roberto Di Filipo acostumbran ir a ensayos y conciertos de orquestas sinfónicas. Paralelamente, estudia con el maestro Alberto Ginastera, quien lo acerca a la obra de los grandes compositores europeos de la primera mitad del Siglo XX. 
Había sin embargo, un obstáculo a vencer aún, y era esa sensación de inferioridad que como músico popular sentía respecto de la llamada “música culta”. Piazzolla sentía que debía superarse, escribir obras sinfónicas, en fin, convertirse en un músico “serio”.
El instante mágico, cuenta la leyenda, ocurrió en París cuando Nadia Boulanger, a la que había llegado merced a una beca obtenida en Buenos Aires, le pidió que interpretara algo de su música. Luego de tocar varios fragmentos a la manera de distintos compositores, Boulanger le pidió que tocara algo más propio y Astor, entre tímido y avergonzado, tocó su tango “Triunfal”. Ella le dijo entonces “aquí está el verdadero Piazzolla, no lo abandone nunca”.
Afortunadamente, él le hizo caso, y de ahí en más se dedicó a rescatar toda esa música que llevaba dentro suyo y que revela ese universo multifacético producto de sus distintas vivencias y de su deseo imparable de devorarse el mundo.
Para aquel entonces (mediados de los ‘50s), Piazzolla, aunque polémico, ya era un músico muy respetado en el mundo del tango. Varias composiciones suyas como la citada “Triunfal”, “Prepárense”, “Para lucirse” o “Lo que vendrá” ya habían ingresado en el repertorio corriente de orquestas importantes como las de Aníbal Troilo, Osvaldo Fresedo o José Basso, pero fue el Piazzolla post-tanguero el que logró plasmar esa obra única, esa que lo ha convertido en uno de los músicos más personales y fácilmente identificables del Siglo XX. Ello se debe, ante todo a su extraordinaria capacidad de integrar de manera orgánica las diversas corrientes musicales que lo fueron nutriendo a lo largo de su vida.
Como cabe en el caso de todo gran artista, si uno quisiera determinar una suerte de genealogía artística en la obra de Piazzolla, debería abstenerse de caer en la tentación de basarse en las referencias más obvias o lineales. Para decirlo de otro modo, afirmar que la influencia académica en Piazzolla se limita a sus obras sinfónicas y su contacto con el jazz se circunscribe a sus colaboraciones con músicos como Gerry Mulligan o Gary Burton implica adoptar un punto de vista demasiado estrecho.
Piazzolla fue un músico popular. Lo mejor de su producción está indisolublemente ligado a su condición de ejecutante y líder.
La matriz de su música fue el tango, un género al que conocía y amaba profundamente. Sus años de ejecutante y arreglador de orquesta le habían servido para conocer al detalle el repertorio y los rasgos estilísticos.
Pero, en cierta medida, el tango no fue para Piazzolla sino “un elemento más”. Importantísimo, fundacional, podríamos decir, pero de ninguna manera una categoría rígida o inmodificable.
A la manera de Stravinsky, Piazzolla, lejos de atenerse a un canon estricto, se dedicó a recoger y procesar todo lo que había por allí y que pudiese resultar útil a sus propósitos artísticos, sin importar el origen o procedencia de estos recursos. El gran compositor ruso fue un especialista en el arte de “cortar y pegar”. Su heterodoxia le valió muchas críticas pero lo cierto es que sentó escuela y generó una nueva forma de hacer música.
Así, los materiales básicos tomados de la música rioplatense, bien pueden ser temas del repertorio corriente (Piazzolla realizó muchos y memorables arreglos de tangos y milongas clásicos aunque finalmente se concentró de manera exclusiva en su propia música), ritmos propios de la música nativa (además de los tangos, las milongas camperas como “Milonga del Angel” o el candombe de “Escualo”), o bien ciertos gestos y recursos instrumentales como las “lijas” (la fricción del arco del violín sobre las cuerdas detrás del puente), efectos de percusión sobre los instrumentos o las caídas con el violín tan frecuentes en las grabaciones de Julio De Caro, la mayor influencia tanguera en Piazzolla.
Es en este proceso de deconstrucción y posterior integración donde entra en juego la faz académica de Piazzolla, ya que ahí se evidencia su dominio de distintas técnicas compositivas. La música recoge influencias que involucran distintos períodos de la música europea de concierto, y de este modo convergen las fugas o ciertos giros armónicos asociados al barroco, el dramatismo romántico o las armonías disonantes propias de la música del siglo XX.
Por cierto que la influencia de Stravinsky no se limitó al plano metodológico. Piazzolla, durante el tiempo que estudió con el compositor Alberto Ginastera, y luego con Nadia Boulanger, se interiorizó de muchas técnicas compositivas modernas. Vale recordar que Ginastera fue un compositor que, a la manera de Bèla Bartók, basó mucha de su música en el empleo de ritmos nativos. Aunque menos, Stravinsky, también usó elementos folklóricos en su música (principalmente en “La Consagración de la Primavera”), y si bien Piazzolla no acudió al folklore húngaro o eslavo para nutrir a su música, tal como Ginastera, tomó ciertos giros propios de la música de estos compositores europeos.
La por momentos avasalladora rítmica Piazzolleana (con su característica marcación de 3-3-2 corcheas sobre un compás de 4/4 devenido en 8/8) acentuada con una percusividad extraña al tango clásico, trae una y otra vez a la memoria a ciertos pasajes de obras de Stravinsky (“La Consagración de la Primavera”, la “Sinfonía en Tres Movimientos”) o Bartók (“Música para Cuerdas, Percusión y Celesta”). La obra de Piazzolla que más claramente revela esta influencia es, sin duda, “Tres Minutos con la Realidad”, de mediados de los ‘50s y que, curiosamente, reapareció en el repertorio de su sexteto, su último grupo, de 1989-90.
Es interesante la relación de Piazzolla con el jazz. De alguien que pasó su infancia en Nueva York no debe sorprender que haya cultivado el gusto por esta música, pero ¿influyó de alguna manera el jazz sobre Astor Piazzolla y su música? Es evidente que sí, y son dos los aspectos que revelan esto: su forma de encarar el ritmo y su apertura a la improvisación.
El tango tradicional tiene muchas paradas y cambios de tempo, en tanto que la música de Piazzolla es mucho más “caminada”, y de alguna manera se asemeja más al “groove” del jazz. Salvando las distancias, se entiende, ya que tanto el tango tradicional como la música piazzolleana son eminentemente binarios, a diferencia del swing. Lo significativo es que la implantación de un pulso regular determina un marco apropiado para la improvisación, y esto es algo que se puede corroborar no solo con el jazz sino con diversas músicas folklóricas en las que hay partes improvisadas.
A fines de la década del ’50, Piazzolla viajó a Nueva York y grabó un par de discos. Uno de ellos formó parte de una experiencia a la que se dio en llamar “jazz tango”, y consistía en un quinteto (bandoneón, vibráfono, guitarra, piano y contrabajo) con el agregado de percusión latina. El repertorio consistía en algunos clásicos suyos como “Triunfal” o “Para lucirse” y temas asociados comúnmente al repertorio jazzístico como “April in Paris”, “Laura” o “Lullaby of Birdland”.
Piazzolla siempre habló de esa experiencia en términos negativos, pero por más que esas grabaciones distan mucho de ser lo mejor que hizo, lo cierto es que allí se encuentra el germen de lo que fue su primer quinteto (suprimida la percusión y reemplazado el vibráfono por violín), lo que no es poco decir. En rigor de verdad, en estas grabaciones prácticamente no había improvisación. Poco antes había formado el revolucionario Octeto Buenos Aires, en el que la guitarra de Horacio Malvicino tenía solos en casi todos los temas, pero a partir de su primer quinteto (de principios de la década del ’60 y del que Malvicino también formaba parte), la música de Piazzolla empezó a tener cada vez menos espacio para la improvisación.
No obstante esto, conservó cierto rasgo jazzístico, por decirlo de alguna manera. Era una música escrita en su casi totalidad, pero conservaba una frescura propia de la primera vez. Por más rigurosa y exigente que fuera la escritura (y de verdad lo era), la interpretación jugaba un papel importantísimo. Se pueden comparar las grabaciones con algunas partituras o distintas versiones entre sí, y se verá que hay variaciones, posiblemente convenidas en los ensayos o tal vez producto del paso del tiempo, para evitar la rutina.
El caso de Piazzolla es el de un experimento por demás exitoso de integración de distintas vertientes, un ejemplo de fusión contemporáneo del Third stream de John Lewis y Günther Schuller, que intentaba combinar música académica y jazz, y revela el espíritu de una época en que la consigna era hacer cosas nuevas, encontrar (o expresar) la propia voz. En el rigor que no implica cerrazón, en la impetuosidad que no conlleva descuido, en una palabra, en la actitud, he allí la razón última del triunfo de Astor Piazzolla y su música.

sábado, 15 de agosto de 2020

Duane Tatro (1927-2020)

Por una serie de razones (una no desdeñable, aunque nadie lo quiera reconocer, es la nada casual muerte de Max Von Sydow el 8 de marzo pasado) el 2020 artístico viene cargado de obituarios.

Hoy le corresponde a Duane Tatro, que murió el 9 de agosto a los 93 años en su casa californiana.
https://variety.com/2020/music/musicians/duane-tatro-dead-dies-composer-tv-jazz-1234735797/
Tatro fue un gran músico que se dedicó principalmente a componer música para cine y teatro, pero lo poquísimo que hizo en jazz, el álbum "Jazz for Moderns", es de un nivel superlativo. Búsquenlo, no los va a defraudar.
En realidad la primera vez que leí el nombre de Tatro fue en una Guitar Player de 1979 en la que mencionaban a una serie de compositores que habían escrito obras para guitarra eléctrica y orquesta. Tatro era uno de ellos y creo recordar que también nombraba a Donald Erb (amigo de Jim Hall y a quien dedicara un tema). Esa pieza de Tatro fue grabada por Howard Roberts y se puede escuchar un pequeño fragmento aquï:
http://utstat.utoronto.ca/mikevans/hroberts/sounds/music.html
Si alguien dispone de esa música, será agradecido por quien esto escribe.
Dejo acá un clip de una música de Tatro para "Las calles de San Francisco" en el que aparece Leslie Nielsen, cuando todavía era una persona seria.

Julian Bream

Murió Julian Bream, el guitarrista clásico al que le gustaban el jazz y la improvisación.


martes, 28 de julio de 2020

Where in the World

Siempre a favor de los discos viejos de Bill Frisell

 

jueves, 23 de julio de 2020

Testigos

Woody Allen y Dianne Wiest se encuentran en Tower Records. Paul Motian, François Jeanneau, Randy Weston, Clifford Jordan, Joseph Jarman, Bern Konrad, Duran Duran y otros (Thelonious Monk, Allan Holdsworth, Tete Montoliu) son testigos del hecho.








sábado, 7 de marzo de 2020

McCoy




Conocí a McCoy siendo yo muy joven, 17 o 18 años. Y fue gracias a este disco, "Coltrane Plays the Blues", propiedad de mi querido amigo Enrique Bonetto. El disco entero es genial pero dos temas me atraparon especialmente: "Mr. Day" y Mr. Syms". En ambos toca McCoy y si algo me llamó la atención, además de sus magníficos solos, es su forma de acompañar, su elección de voicings y su sonido. Era más que un buen (o un gran, da igual) pianista. Su manera de tocar acordes impregnaba el sonido total del grupo. Era, a su modo, la contrapartida pianística de Elvin Jones, alguien capaz de tocar con un peso abrumador y al mismo tiempo con una liviandad inédita, generando la plataforma adecuada como para que John Coltrane pudiera explorar nuevas formas de improvisación.

No recuerdo ahora bien cómo fue que descubrí sus discos solistas pero sí me acuerdo de un selecto club de escuchadores del que formaban parte algunos apreciados amigos (José Luis Farace, Néstor Márquez, Luis Tarantino). Fue a mediados de los '80s y los grandes discos Milestone de McCoy ("Supertrios", "4x4", "Fly with the Wind", "Focal Point", "The Greeting", "Together" y alguno más) fueron pasando uno tras otro a engrosar nuestras respectivas cassetecas.

Años más adelante, mediados de los '90s (¿1996 quizás?), me llamó Diego Fischerman para comentarme que iba a entrevistar a McCoy, que había ido a Buenos Aires para tocar con su trío (Avery Sharpe y Aaron Scott), por si lo quería acompañar. Obviamente acepté y ahí estuvimos, almorzando los tres. Era un un hombre alto, corpulento pero su tono de voz era muy bajo y su manera de hablar más bien pausada, como dando siempre lugar a su interlocutor. Esa misma noche, o la siguiente, fue el concierto. Llegué muy justo, cuando estaba empezando el primer tema. Al abrir la puerta salió una estampida de sonido que ya conocía pero nunca había experimentado en persona. Era "The Real McCoy". El que arrasaba con todo si quería pero siempre tenía lugar para escuchar, para acompañar, para mejorar todo lo que tocaba.
Desde ayer estamos un poco más solos pero hasta esa deferencia tuvo, dejar tanta música. Para que no lo extrañemos tanto quizás.

¿Podremos?

miércoles, 7 de marzo de 2018

Long Ago

En breve vuelvo a Buenos Aires después de unos cuantos años sin ir. Siempre que voy trato de tocar con mis amigos músicos, con quienes compartí tanto tiempo.

A Borges le llamaba la atención esa "devoción por el sistema métrico decimal" que suele determinar la mayor o menor importancia asignada a las celebraciones. Seguramente por ello, esta será una oportunidad muy especial ya que este año se cumplen 25 del dúo y 20 de la grabación del disco. ¿Qué dúo y qué disco? el dúo con Ernesto Jodos, un gran músico y querido amigo con quien empecé a tocar en dúo en 1993. Antes lo habíamos hecho de manera casual y en otros formatos. 1998 fue otro año importante, ya que grabamos "Long Ago", un disco con el que al principio no sabíamos muy bien qué hacer (las autoediciones eran algo muy poco frecuente y algo más caro que en la actualidad) pero que nos gustaba. El disco fue finalmente editado dos años más tarde por la desaparecida Revista Clásica y antes de eso fuimos invitados a participar en el festival organizado por el Consulado Argentino en Nueva York en octubre de 1998. Definitivamente había sido una buena idea hacerlo.

Parece ser que al disco (a la revista, el CD venía con ella) no le fue del todo bien en un primer momento. Ese número se vendió menos que los anteriores, seguramente porque no fue del agrado de cierto público abrir el ejemplar de ese mes y encontrarse con un disco de jazz. Nunca había ocurrido antes y es de algún modo comprensible. Para colmo de males, muchos de los ejemplares que habían quedado guardados en el sótano del edificio en el que funcionaba la revista, en Cabildo y Blanco Encalada, terminaron tapados por el agua durante una de las tantas inundaciones que asolaron la zona.

Así las cosas, lo que nos quedó fue la música. Y la sorpresa, más grata imposible, es que a lo largo de estos años mucha gente, músicos (algunos muy jóvenes por entonces, hoy ya asentados), aficionados al jazz, público en general, me manifestaron cuánto les había gustado ese disco. No existe mayor elogio que ese para un artista. Y no existe mayor alivio que saber que algo que parecía condenado al olvido (y los astros se habían confabulado para que eso sucediera, créanme) está ahí, en el recuerdo de más gente de la que uno cree.

Será un gusto volver a estar allí.



PUERTAS ADENTRO
(Liner notes que acompañan a la edición de “Long Ago”, editado por Revista Clásica. Por falta de espacio, el texto no está en el CD sino en el cuerpo de la revista)


(Foto: Uri Gordon)
"Long Ago" (“hace mucho tiempo”, en inglés) es una suerte de testimonio que refleja los cinco años que llevábamos reuniéndonos a tocar al momento de realizar esta grabación.

La inclusión de “Long Ago and Far Away”, un tema maravilloso que nos encanta a los dos, nos vino como anillo al dedo a la hora de resolver el dilema sobre cómo titular el álbum, algo que normalmente a los músicos nos resulta mucho más engorroso que tocar o componer.

Durante esos cinco años hicimos música básicamente por placer. En medio de interminables charlas en los que nos dedicábamos a compartir nuestros hallazgos, ya en nuestra condición de músicos, ya en la de simples oyentes, ambos pusimos a consideración del otro nuestros nuevos temas, los standards o composiciones de jazz que acabábamos de descubrir  o simplemente nos sumergíamos en el imprevisible mundo de la improvisación espontánea.

En rigor de verdad, esto último pesó más que todo. Tanto en nuestras reuniones informales como en nuestras presentaciones en vivo pasó muchas veces que una impetuosa introducción a cargo de cualquiera de los dos nos dejaba en medio de un tema cuya ejecución no habíamos alcanzado a pactar.

Ese espíritu proclive a la espontaneidad y esa larga historia desarrollada a puertas adentro, nos impulsó a realizar una grabación casera, pues de esta manera podíamos disponer de más tiempo y de un mejor piano a menor precio que cualquier estudio de grabación. De este modo, en tres sesiones condimentadas con comida mexicana de la mejor calidad y esclarecedores debates acerca de las glorias olvidadas del cine y la televisión argentina, grabamos una cantidad de música que hoy entregamos en este CD.

Agradecemos y celebramos la decisión de la gente de “Revista Clásica” de publicar este trabajo. Sólo nos resta desear a los lectores-oyentes que lo disfruten tanto como nosotros.

Sinceramente

Ernesto Jodos-Guillermo Bazzola

jueves, 3 de agosto de 2017

John Scofield interpreta "Quiet And Loud Jazz"

Me entero de esto gracias a Juan Pablo Carletti. Es de hace poquitos días.
A pesar de no ser un disco muy valorado, siempre me gustó "Quiet", algo así como una relectura que Scofield hizo del "Guitar Forms", aquél disco de Kenny Burrell con arreglos de Gil Evans. Incluso en el disco (no en este video), Scofield toca guitarra acústica, algo no habitual en él. 

La segunda mitad está supuestamente dedicada a reinterpretar música de "Loud Jazz" pero es engañoso. Dos temas son de ahí y otros dos de "Blue Matter", disco que escuché miles de veces, al igual que el anterior, "Still Warm", otra obra maestra.

Son dos tipos de música bastante diferentes pero en los dos casos, de primer nivel. Scofield toca y escribe como los dioses del Olimpo. Y además demuestra que eso de que la música eléctrica envejeció y nosequé y ñañañá no tiene fundamento. Se nota que no hubo mucho ensayo y hay pequeños deslices, pero una vez que agarran el asfalto salen de la atmósfera, se remontan a la estratósfera y en una hora y media están en Japón.

(publicado originalmente en Facebook el 31 de julio de 2017)

Chuck Loeb

Me entero del fallecimiento de Chuck Loeb. Confieso que no he sido un seguidor de su carrera en los últimos (muchos) años. Cada tanto veía algún clip suyo y siempre confirmaba el concepto que tenía de él: que más allá de que lo que hacía me gustara más o menos, se trataba de un músico de una calidad extraordinaria.

La última visita de Stan Getz a Argentina tuvo lugar en septiembre de 1980. Lo acompañaban cuatro músicos muy jóvenes: Chuck Loeb, Mitch Forman, Todd Coolman y Mike Hyman. Para mi, que tenía todavía 17 años, fue toda una revelación ver a ese grupo. Conocía y admiraba a Stan Getz por muchas de sus grabaciones clásicas, pero esto era otra cosa. Era algo así como Getz tocando algo más cercano (armónica y tímbricamente) a lo que por aquellos días publicaba ECM Records. A medida que el concierto avanzaba me iba enterando de que Chuck Loeb no sólo tocaba fantásticamente bien sino que era el compositor de la mayoría de los temas.
Ese grupo, como tal, jamás grabó. Sé que hay alguna grabación de ese concierto pero nunca la escuché. Nunca volví a escuchar esa música pero pese a todo dejó en mi una impresión imborrable. 
Encontré, sí, esto otro, algo del verano boreal de 1980. La misma banda pero con Brian Bromberg en lugar de Coolman.
Valió la pena, al menos para mi, para recordar ese momento mágico y despedir a este gran músico.

(publicado originalmente en Facebook el 1 de agosto de 2017)



Los 86 de Kenny Burrell

El 31 de julio cumplió 86 años Kenny Burrell. A veces me da por pensar en él como "el" guitarrista de jazz. Suena un poco caprichoso, lo sé, pero su manera de tocar me parece tan natural que me da la impresión de que si hubiera una sola forma de tocar la guitarra en jazz, sería esta.
¿Cómo hacer comping? ¿cómo manejar los matices? ¿cómo tocar con swing? ¿cómo sonar bluesy? Kenny Burrell tiene la respuesta.
Este álbum es especial. Es de 1959 y en aquella época no había demasiados tríos de guitarra, contrabajo y batería. Algunas cosas de Chico Hamilton con Howard Roberts o Jim Hall, "The Poll Winners", algo de Johnny Smith y no mucho más. En esto también Kenny fija el standard de lo que será.
Por muchos años más.

(publicado originalmente en Facebook el 1 de agosto de 2017)


domingo, 16 de abril de 2017

Allan


Tuve la suerte de verlo un par de veces. Una en Buenos Aires a mediados de los '90s y otra en Madrid hace poco menos de cinco años. Pero es un viejo conocido desde hace casi 40 años a través de discos como este "Enigmatic Ocean" de Jean-Luc Ponty, que fue el primero en el que lo escuché. Si Holdsworth es "especial" hoy día, imagínense hace 40 años. 
Mi periplo por el "universo Holdsworth" siguió por algunos discos que estaban disponibles en aquellos años en Argentina como "Feels Good to Me" de Bill Bruford, "Bundles" de Soft Machine (fue gracias a Héctor Dengis, que escribía en "Rock Superstar") y los importados "Expresso" (originalmente "Gazeuse", carísimo era) y "Expresso II") de Pierre Moerlen's Gong. Fue recién más adelante, en los '80s, que pude conocer su música. Un concierto en Japón que vi en casa de César Silva, mi amigo y profesor de guitarra. Entonces no era fácil (y menos en Argentina) acceder a videos musicales. No sé cómo apareció esto pero fue una revelación. Nos asombraba escucharlo y lo veíamos y seguíamos perplejos ante la complejidad y originalidad de su música, diferente de cualquier otra cosa que hubiésemos conocido antes.


Holdsworth siempre fue distinto a todo. Leo una cita de John McLaughlin que dice "I recall a concert of Allan in London some years ago, and after the performance I went to see him backstage only to tell him that if I knew what he was doing, I'd steal it!", algo así como "vi a Allan en Londres y fui a verlo a la trastienda sólo para decirle que si supiera qué es lo que hace se lo robaría". Ese nivel era. 

Decía que lo vi dos veces: cuando estuvo en Buenos Aires, mediados de los '90s, bajé con Diego Fischerman a los camarines de la sala IFT de Once para saludarlo y me saludó amablemente pero apesadumbrado. Al tiempo que me daba la mano me pedía disculpas por lo mal que habían tocado. Juro que no me di cuenta. Es más, hay un video de ese concierto y no está nada mal. 

La segunda fue en Madrid en 2012. Apabullante. También me acerqué a saludarlo y me comentó que estaba contento con esa banda (trío con Anthony Crawford y Virgil Donati). Quienes lo conocieron bien saben que lo usual no era esto sino lo otro, su insatisfacción y autocrítica extrema.

Hace poco estuve escuchando su tema "White Line". Usa al principio un hermoso acorde, jónico a más no poder, sólo tres notas (o cuatro si contamos la duplicación del bajo), Ab-Ab-C-Db. Pienso en Borges, que dijo "creo que uno sólo puede enseñar el amor de algo. Yo he enseñado, no literatura inglesa, sino el amor a esa literatura. O mejor dicho, ya que la literatura es virtualmente infinita, el amor a ciertos libros, a ciertas páginas, quizá de ciertos versos."

Será recordado en cada odd meter, en cada voicing con segundas de esos en los que hay que transformar la mano en una tarántula, en cada línea que sale de la atmósfera y se remonta a la estratósfera.

Siempre.

jueves, 5 de enero de 2017

Hearts and Flowers



Algo acerca de John McLaughlin, que acaba de cumplir 75 años: su álbum "My Goal's Beyond", enteramente acústico, incluye una fórmula novedosa: el lado A es en quinteto (Dave Liebman, Jerry Goodman, Charlie Haden y Billy Cobham) y el B en guitarra sola, con sobregrabaciones (también algún que otro platillo). No creo que fuera la primera grabación de este tipo (recuerdo una versión de Jim Hall, de 1969, el tema "Young One"), pero el modelo del disco con sobregrabaciones se siguió usando y bastante, y me atrevería a decir que la influencia de este álbum es decisiva.

Citando de memoria recuerdo trabajos de Larry Coryell ("Standing Ovation" y otros), Pat Metheny ("New Chatauqua"), John Abercrombie ("Characters"), Nels Cline ("Coward"), Bill Frisell ("Ghost Town") y Jim Hall ("Dedications and Inspirations") que usaron este formato. Guitarra acústica sola o como instrumento predominante.
Una de las piezas que más me gustan de "My Goal's Beyond" es una antigua canción, "Hearts and Flowers", escrita por Theodore Moses Tobani en 1893. Una pieza inspirada en otra del compositor austrohúngaro Alphons Czibulka.
Claro que McLaughlin no grabó esta pieza como fue concebida originalmente (con un carácter melodramático) sino en una versión rearmonizada y modernizada por el pianista Bob Cornford.

La versión de McLaughlin:


El tema original:

martes, 14 de junio de 2016

El germanófilo de Borges, 1940


Los implacables detractores de la etimología razonan que el origen de las palabras no enseña lo que éstas significan ahora; los defensores pueden replicar que enseña, siempre, lo que éstas ahora no significan. Enseña, verbigracia, que los pontífices no son constructores de puentes; que las miniaturas no están pintadas al minio; que la materia del cristal no es el hielo; que el leopardo no es un mestizo de pantera y de león; que un candidato puede no haber sido blanqueado; que los sarcófagos no son lo contrario de los vegetarianos; que los aligátores no son lagartos; que las rúbricas no son rojas como el rubor; que el descubridor de América no es Américo Vespucci y que los germanófilos no son devotos de Alemania.
Lo anterior no es una falsedad, ni siquiera una exageración. He tenido el candor de conversar con muchos germanófilos argentinos; he intentado hablar de Alemania y de lo indestructible alemán; he mencionado a Hölderlin, a Lutero, a Shopenhauer o a Leibnitz; he comprobado que el interlocutor «germanófilo» apenas identificaba esos nombres y prefería hablar de un archipiélago más o menos antártico que descubrieron en 1592 los ingleses y cuyas relaciones con Alemania no he percibido aún.
La ignorancia plenaria de lo germánico no agota, sin embargo, la definición de nuestros germanófilos. Hay otros rasgos privativos, quizá tan necesarios como el primero. Uno de ellos: al germanófilo le entristece muchísimo que las compañías de ferrocarriles de cierta república sudamericana tengan accionistas ingleses. También le apesadumbran los rigores de la guerra sudafricana de 1902. Es, asimismo, antisemita; quiere expulsar de nuestro país a una comunidad eslavogermánica en la que predominan apellidos de origen alemán (Rosenblatt, Gruenberg, Nierenstein, Lilienthal) y que habla un dialecto alemán: el yiddish o juedisch.
De lo anterior cabría tal vez inferir que el germanófilo es realmente un anglófobo. Ignora con perfección a Alemania, pero se resigna al entusiasmo por un país que combate a Inglaterra. Ya veremos que tal es la verdad, pero no toda la verdad, ni siquiera su parte significativa. Para demostrarlo reconstruiré, reduciéndola a lo esencial, una conversación que he tenido con muchos germanófilos, y en la que juro no volver a incurrir, porque el tiempo otorgado a los mortales no es infinito y el fruto de esas conferencias es vano.
Invariablemente mi interlocutor ha empezado por condenar el pago de Versalles, impuesto por la mera fuerza a Alemania en 1919. Invariablemente yo he ilustrado ese fallo condenatorio con un texto de Wells o de Bernard Shaw, que denunciaron en la hora de la victoria ese documento implacable. El germanófilo no ha rehusado nunca ese texto. Ha proclamado que un país victorioso debe prescindir de la opresión y de la venganza. Ha proclamado que era natural que Alemania quisiera anular ese ultraje. Yo he compartido su opinión. Después, inmediatamente después, ha ocurrido lo inexplicable. Mi prodigioso interlocutor ha razonado que la antigua injusticia padecida por Alemania la autoriza en 1940 a destruir no sólo a Inglaterra y a Francia (¿por qué no a Italia?), sino también a Dinamarca, a Holanda, a Noruega: libres de toda culpa en esa injusticia. En 1919 Alemania fue maltratada por enemigos: esa todo-poderosa razón le permite incendiar, arrasar, conquistar todas las naciones de Europa y quizá del orbe… El razonamiento es monstruoso, como se ve.
Tímidamente yo señalo ese monstruo a mi interlocutor. Éste se burla de mis anticuados escrúpulos y alega razones jesuíticas o nietzscheanas: el fin justifica los medios, la necesidad carece de ley, no hay otra ley que la voluntad del más fuerte, el Reich es fuerte, la aviación del Reich ha destruido a Coventry, etc. Yo murmuro que me resigno a pasar de la moral de Jesús a la de Zarathustra o de Hormiga Negra, pero que nuestra rápida conversión nos prohíbe apiadarnos de la injusticia que en 1919 sufre Alemania. En esa fecha que él no quiere olvidar, Inglaterra y Francia eran fuertes; no hay otra ley que la voluntad de los fuertes; por consiguiente, esas naciones calumniadas procedieron muy bien al querer hundir a Alemania, y no cabe aplicarles otra censura que la de haber estado indecisas (y hasta culpablemente piadosas) en la ejecución de ese plan. Desdeñando esas áridas abstracciones, mi interlocutor inicia o esboza el panegírico de Hitler: varón providencial cuyos infatigables discursos predican la extinción de todos los charlatanes y demagogos, y cuyas bombas incendiarias, no mitigadas por palabreras declaraciones de guerra, anuncian desde el firmamento la ruina de los imperialismos rapaces. Después, inmediatamente después, ocurre el segundo prodigio. Es de naturaleza moral y es casi increíble.
Descubro, siempre, que mi interlocutor idolatra a Hitler, no a pesar de las bombas cenitales y de las invasiones fulmíneas, de las ametralladoras, de las delaciones y de los perjurios, sino a causa de esas costumbres y de esos instrumentos. Le alegra lo malvado, lo atroz. La victoria germánica no le importa; quieren la humillación de Inglaterra, el satisfactorio incendio de Londres. Admira a Hitler como ayer admiraba a sus precursores en el submundo criminal de Chicago. La discusión resulta imposible porque las fechorías que imputo a Hitler son encantos y méritos para él. Los apologistas de Artigas, de Ramírez, de Quiroga, de Rosas o de Urquiza disculpan o mitigan sus crímenes; el defensor de Hitler deriva de ellos un deleite especial. El hitlerista, siempre, es un rencoroso, un adorador secreto, y a veces público, de la «viveza» forajida y de la crueldad. Es, por penuria imaginativa, un hombre que postula que el porvenir no puede diferir del presente, y que Alemania, victoriosa hasta ahora, no puede empezar a perder. Es el hombre ladino que anhela estar de parte de los que vencen.
No es imposible que Adolf Hitler tenga alguna justificación; sé que los germanófilos no la tienen.

viernes, 5 de junio de 2015

Los 70 de Braxton

Anthony Braxton cumple 70 años. Les dejo video y transcripción de este tema, uno de mis favoritos: "Composition 40M", que está en "Five Pieces 1975"




 Leadsheet
http://www.mediafire.com/view/zv39dcxb42f4wr4/braxton-comp_40_m.pdf

jueves, 23 de abril de 2015

Mad Cow: música de autor.

Ya tenemos nombre: Madrid Composers Workshop, o si lo desean, Mad Cow


De izquierda a derecha: Guillermo Bazzola (guitarra), Daniel Batán (bajo eléctrico), Miguel López (piano, teclados, ¿saxo?) y José San Martín (batería)

El 14 de diciembre pasado tocamos en la inauguración del nuevo edificio del Taller de Músicos de Madrid. Un mini concierto con estos temas: Ascending (G. Bazzola), Cuatro (M. López), Assilah (D. Batán) y Endorphin Street (M. López)


Y además de componer temas también hacemos improvisación abierta.
https://soundcloud.com/bazzola-bootlegs/electric-4tet-open

miércoles, 18 de marzo de 2015

Cifu




Falleció Juan Claudio Cifuentes, "Cifu", personaje importantísimo en la historia del jazz español y de todo el mundo de habla hispana.
Tuve la suerte de conocerlo y de hablar con él muchas veces desde que llegué a España, hace ya más de una década. Para mi ya era alguien conocido desde por lo menos quince años antes. A mediados de los '80s pude ver unas grabaciones de "Jazz Entre Amigos", el programa de televisión abierta (no había cable en ese entonces) que Cifu presentaba en TVE, la televisión pública de España. Quedé estupefacto ante el hecho de que un canal oficial de un país hispanohablante le diera lugar a alguien cuya pasión fuera el jazz y cuya misión fuera difundirlo.
Con el tiempo vi unas cuantas emisiones de "Jazz Entre Amigos". En Argentina, según me comentaron, se emitía cada tanto en VCC, y también circulaban cintas grabadas, ya sea por viajeros o por quienes tenían familiares en España. La calidad era siempre muy buena, y por aquellos años, en que acceder a los videos de jazz era algo tan complicado, cada una de esas cintas era un verdadero tesoro.
Lo conocí personalmente en Madrid, ya ni me acuerdo cuando, pero hace bastante. Resultó ser un hombre amable y gran conversador (en varios idiomas, me enteré después). Lo vamos a extrañar.


martes, 2 de septiembre de 2014

Amarras de Lisboa














domingo, 3 de agosto de 2014

La Vida Secreta de Tony, Allan y Jack.

El amigo Luis Firpo me pasa esto que desconocía. Está editado bajo el nombre de "The Lost Wildlife Sessions" y en este clip de YouTube dice "USA, 1975"


Aparentemente no es así, sino que estas grabaciones fueron hechas en los Europa Films Studios en Estocolmo, Suecia, en octubre de 1974, o sea que es bastante anterior a la grabación de "Believe It", el primer álbum oficial con Allan Holdsworth a la guitarra. "Believe It" fue grabado en julio de 1975.
A su vez "The Lost Wildlife Sessions" tuvieron lugar pocos meses después de la aparición de Holdsworth como guitarrista de Soft Machine en el Montreux Jazz Festival. Esto ocurrió el 4 de julio de 1974 y poco después se grabó "Bundles".
De modo que es muy probable que esta sea la primera grabación de Tony Williams y Allan Holdsworth juntos. En el bajo está Jack Bruce, en teclados Webster Lewis y también participa la vocalista Laura Logan. Posteriormente, en ocasión de graba "Believe It", Williams y Holdsworth tocaron acompañados de Alan Pasqua en teclados y Tony Newton en bajo.

sábado, 2 de agosto de 2014

En la Montaña Rusa

Gracias al amigo Santy Molina de La Montaña Rusa Jazz.
En su programa se pueden escuchar algunos temas del álbum Hora Libre.