viernes, 28 de agosto de 2009

¿Un Cocktail Fatal?



A raíz del post sobre McCoy Tyner y los guitarristas me acordé de una cosa que se suele decir y repetir hasta el cansancio, acerca de la inconveniencia de combinar piano y guitarra en un grupo de jazz. Esta afirmación, lejos de lo que se puede pensar, no representa el pensamiento de un sector o clase social determinado. Inclusive, es una creencia compartida por personas con un coeficiente intelectual superior a 40, lo que demuestra que, coincidiendo con Albert Einstein y Claude Chabrol, la estupidez no solo es la más difundida de las características humanas sino la más democrática.
Esto me hizo acordar inmediatamente de la tan mentada prohibición de mezclar sandía con vino, hecho que como todos sabemos, provoca una muerte segura, aunque no se sabe muy bien en cuanto tiempo. Quizá no de manera inmediata, pero seguro que en un plazo no mayor que los 95 años a partir de la ingesta.
A poco de llegar a España, hace casi ocho años, me enteré que aquí no existe esa prohibición (tampoco otras cosas como la policía que manguea pizzas o los clubes de jazz que hacen pagar el sonido a los músicos), y pese a todo, los españoles siguen disfrutando de la sandía y su proverbial buen vino. Cuando digo "siguen disfrutando" me refiero es que a la fecha, no se conocen casos de ciudadanos petrificados, y por lo tanto muertos, por realizar la fatídica combinación.
Para desasnarme (¿o desaznarme, dado que estoy en España?), me puse a investigar y encontré una interesante explicación al fenómeno. Interesante pero que me dejó peor que antes.
Imagínense mi duda, mi preocupación, mi desconfianza. Años y años evitando mezclar y llego acá y los tipos, muy sueltos de cuerpo, sin indigestarse siquiera. ¿Por qué? ¿es que acá la sandía o el vino o (ambos) carecen de la sustancia que produce el envenenamiento? Nunca lo supe, pero esta duda, que me produjo no pocas noches de insomnio (matizadas con sandía y vino, obviamente), me ha llevado a una conclusión que puede parecer descabellada pero para mí no lo es: Los españoles (y quizá también los finlandeses, bielorrusos y habitantes de Timor Oriental, aunque esto último no me consta) pueden comer sandía y tomar vino sin siquiera inmutarse sencillamente porque desconocen la prohibición.
En sintonía con esta idea podríamos concluir diciendo que McCoy Tyner llama no a uno, sino a cinco guitarristas porque no sabe que el resultado musical es entre malo y nefasto. ¿Ignorancia? ¿temeridad? ¿iconoclasia? No lo se, pero en todo caso, hay peligrosos antecedentes: Bill Evans y Jim Hall, Marc Copland y John Abercrombie o Vic Juris, Abercrombie con Richie Beirach y Andy Laverne, Oscar Peterson con Barney Kessel, Herb Ellis o Joe Pass.
Leyendo la explicación del experto encuentro esto:
" Para los experimentos se utilizaron especímenes de Alouatta Caraya, comúnmente denominados monos carayá o monos aulladores; especie que fue elegida por su similitud fisiológica con el ser humano (...). Experimento 1: Un grupo de diez monos carayá, con un peso que variaba entre 2 y 7 kg, fue alimentado por medios coercitivos con sandías de un peso medio de 3,450 kg regadas con abundante vino. Al final del día, todos los monos mostraban signos visible de haber muerto, luego de haber ingerido cada uno un promedio de 3,8 sandías y 12.700 cm³ de vino"

Ahí empiezo a entender un poco más la cosa. Creo que lo mismo puede ser llevado al plano de la música.
Propongo un método por demás científico:
1) Fórmese un cuarteto de jazz con la siguiente instrumentación:
a) un instrumento de viento o metal (saxo, trompeta, trombón, clarinete, cualquiera de ellos)
b) un instrumento armónico (guitarra o piano, uno a elección, bajo ningún punto de vista los dos al mismo tiempo)
c) una sección rítmica consistente de bajo acústico (o eléctrico) y batería.
2) De los mencionados en los puntos b y c, dos de ellos tienen que demostrar incompetencia manifiesta para tocar jazz, a saber:
a) tener incapacidad para escuchar a los demás miembros de la banda e interactuar con ellos.
b) ser completamente insensibles a los cambios de matices, dinámicas, timbres y densidades sonoras. También a las posibles sustituciones armónicas que pudieren ocurrir durante la interpretación.
3) Escójase un tema usual del repertorio de jazz, preferentemente un standard. Es importante que este tema sea una composición conocida y homologada por el paso del tiempo. Pueden ser temas muy conocidos como All the Things You Are o Stella by Starlight. Eventualmente otros menos transitados como Long Ago and Far Away o How Deep Is the Ocean.
4) Provéase a la banda de un Real Book o libro similar.
5) Procédase a la interpretación de la pieza seleccionada.

Al cabo de instantes (no más de 2 o 3 minutos), la pieza ejecutada estará como los monitos alimentados con vino y sandía.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buen análisis! A partir de hoya comenzaré a comer sandía con vino y si me muero, será por otro motivo!
Saludos desde el destartalado surK
Jorge LArdone

fmartin dijo...

Agregaría como ejemplo a Jim Hall con el increíble Don Thompson.
Debo decir que, ahora que leo sobre esto, tengo la impresión de haber escuchado formas de este prejuicio muchas más veces de boca de pianistas que de guitarristas, aunque no podría decir por qué.
¿Con el lechón con cerveza pasaba lo mismo que con la sandía y el vino, o no llega a ser letal?

Guillermo Bazzola dijo...

lechón con cerveza es malo, pero nunca como el grogXD